Sexo En El Gimnasio (parte I).

Llegué concentrada a la sala de máquinas. No me gustaba ir tarde porque retrasaba la llegada a casa y no podía ducharme tan relajadamente como me gustaba. Pero había merecido la pena esa media horita larga de retraso. Sonreí para mis adentros mientras escogía aparato.

Por suerte, no sucedía como anteriores ocasiones, en las que la masificación de la gente hacía que sólo quedaran las bicicletas más viejas y descuidadas, así que corrí hacia la mía colocando mi  botellita de agua como el conquistador que clava su bandera para señalar su propiedad. Ajusté sillín y manillar y subí pedaleando a la vez que mi cronómetro  se ponía en marcha para ir midiendo cada etapa en la que cambiaría postura y ritmo.

Me encantaba hacer deporte. Sentir cómo mis poros se iban abriendo y empezaban a sudar lentamente, a purificar mi cuerpo de los duros días de trabajo, a sentirme cada uno de los músculos que iba moviendo cada vez de forma más ligera y coordinada.

Mientras calentaba a baja velocidad, observaba a mi alrededor. Nada interesante. Gente común, como yo, cumpliendo con otra tarea diaria, no siempre tanto por placer como podía parecer. Abrí mi libro e inicié la lectura. El protagonista seguía preguntándose quién podría haber matado a su prima Natalia y yo aburriéndome de su asombrosa suerte en sus casuales encuentros con el asesino… por favor, que lo mate de una vez y me libre de sus soporíferos pensamientos… me reí en voz alta sin pretender captar la atención del pedaleador situado en la fila de delante, justo una bici más a la derecha. “Vaya”, pensé para mis adentros. “Guapo, en forma y encima me sonríe”. Cambié el ritmo para levantarme y ejercitar los gemelos a pesar de la recomendación de mi masajista, a quién parecía no gustarle las chicas con ese músculo desarrollado.

Empecé a sudar mucho más, concentrada en seguir un mismo ritmo en el que me sintiera cómoda, arriba, abajo, arriba, abajo. Tras diez minutos, volví a mi asiento bajando la dureza del pedaleo para descansar. Dejando de lado mi lectura, encendí mi MP3 en un intento de distraerme, escogiendo mi lista de reproducción “fiesta”, hecha especialmente para cuando me preparaba para salir de juerga. Miré el reloj de pared mientras seguía el ritmo con los hombros y la cabeza, y al hacerlo, volví a ver al guapo que se reía de mi baile, que debía resultar gracioso montada en aquella bici… Sorprendida, volví a mirar al libro, pero no podía evitar cruzar mi mirada con la suya de vez en cuando. Definitivamente, cerré el libro, no podía atenderle como era debido. Subí el pedaleo al máximo para que el esfuerzo me centrara. Pero volvió a sonreírme de nuevo, y no pude evitar que mi pensamiento admitiera el largo tiempo que hacía que no me veía en esa situación.

La dureza exigía que mi ritmo fuera más lento, pero ya había cogido ritmo, y no paraba ni un solo segundo, seguía avanzando, sudando mucho, inspirando y espirando controladamente. No solía cambiar de sillín, pero aunque hubiera querido hacerlo no era posible al estar ya todas las bicis ocupadas. Se me clavaba un poco y me sentía incómoda. Di un saltito hacia atrás para encontrar una nueva postura más cómoda, mientras me inclinaba para coger la botellita de agua. Bebí mientras el chico me miraba, borrada esta vez su sonrisa, serio, de reojo. “Quizás mire hacia detrás de mí”, pensé para evadirme, pero era tarde. Él me había captado y mi cerebro pensaba por su cuenta, proyectaba ya un retrato robot de su cuerpo, su cara, de pie frente a mí. Sentí cómo el sillín me rozaba a cada pedaleo, como el sudor recorría mi frente y cuello, bajando por la espalda y por el pecho rápidamente, por los brazos incluso, llegando hasta los codos. Empezaba una tanda de canciones que no recordaba haber puesto ahí, éxitos antiguos de Madonna y compañía, sensuales, eróticos y muy inspiradores para mí. Con ayuda de mi toalla sequé las zonas como pude, viendo como el guapo no apartaba sus ojos de mí… entre él, aquel roce inesperado, el calor y la música, empezaba a estimularme mi libido.

Sin contenerme, solté un pequeño gemido, que me asustó oír, aunque por suerte nadie pareció advertirlo. El pedaleo seguiría por diez minutos más, jamás me rendía, y menos en ese momento, que empezaba a sentirme muy bien… a este paso, no me iba a importar repetirlo. Volví a secarme con la toalla, cada vez sudaba más y tras este gesto necesitaba beber para reponer el líquido perdido. Noté mis labios calientes, y eso me excitó más. Al dejarla noté mis pezones erguidos, que se marcaban en mi camiseta ceñida, y también me gustó. Tenía ganas de acariciarlos mientras el roce contra el sillín seguía proporcionándome placer, me moría de ganas por ver bajarse de la bici al chico y que me besara apasionadamente. Que de repente todo el mundo desapareciera de allí y me desnudara completamente, que me tumbara en cualquier lugar, en una colchoneta, o en el mismo suelo, que me aupara contra la pared, o que me dejara allí mismo sentada, pero que me metiera mano a lo bestia y me chupara la boca, las tetas, el culo, el coño…  Mmm… que me metiera el dedo hasta correrme y luego me pidiera que le comiera la polla. Me reí. ¡Qué cosas se me ocurrían, ¿cómo podía estar tan cachonda en medio de tanta gente!?

bici¿Pero por qué dejar de pasarlo bien? Me observé; mi respiración se había agitado considerablemente con esos pensamientos, y noté cómo el corazón saltaba violentamente en mi pecho. Miré el reloj y tocaba volver a levantarse. Esta vez no miré ni una sola vez a nadie, ni busqué un culo bonito como el del chico. No era necesario, tenía en mi cabeza su perfil y su retrato robot, ahora ya estaba en mis pensamientos, era mío y podía continuar con mi ilusión. Mi chico, tal como preveía antes, finalizaba sus ejercicios y se acercaba a mí. Me miraba fijamente y me decía que no podía dejar de mirarme. Había gente alrededor y yo le sonreía. Pero algo ocurría, las luces se apagaban y quedaba sólo un foco de emergencia colgado en el alto techo para iluminar la puerta de salida, y gran parte del espacio cercano. La gente se asustaba y se dirigían fuera de la sala, y él corría hacia la puerta para cerrarla por dentro. Lentamente, y con una sonrisa de medio lado que daba pistas de sus intenciones, se acercaba de nuevo. Yo saltaba de la bici nerviosa, viendo que ocurriría lo inevitable y dejándome excitar por mis deseos y su cara perfecta, su gesto atractivo y sugerente. Me acariciaba los brazos y me susurraba “eres muy suave”, mientras a mí se me erizaba la piel y los pechos, me quitaba rápidamente la camiseta y me besaba apasionadamente, mientras notaba cómo mi corazón bombeaba la sangre fuertemente y me excitaba instantáneamente. Quería que me poseyera ya.  Tocaba sentarse en la bici, y lo hice.

Ahora él me quitaba el sujetador y me bajaba el pantalón rápidamente. Me besaba el pecho, primero una teta, con suavidad, paladeando mi piel mezclada con mi sudor, acariciándome la espalda y apretándome contra él mientras sorbía suavemente mi pezón. Luego la otra, con más ganas, excitadísimo y jadeando, mientras con una mano me sujetaba por la cintura y con la otra me acariciaba mi otra teta. Y tras unos minutos bajó por fin para probar mis caderas, mi vientre, mis muslos, mis labios, mi clítoris y mi entrada, que saboreaba con delectación y pasión ayudándose con las manos, que me acariciaban cerca potenciando mi placer a cada gesto. Gemí. Me gustaba mucho y no iba a tardar en correrme en su lengua. Cogí ritmo y seguí moviéndome, sintiendo la suavidad, la excitación, gozándole plenamente. Me volvía loca, me encantaba cómo lo hacía y no quería parar, no quería dejar de experimentar y complacerme, de disfrutar el máximo aunque tuviera que cortarme, que ser comedida en mis reacciones y no expresar mis emociones. Hasta que lo conseguí. Visualicé cómo llegaba al límite del placer, cómo ya era inevitable sentir un orgasmo como aquel: dulce, delicado y suave, sin pronunciar una sola palabra, sólo concentrándome en mi propio gusto, controlando mi respiración y disimulando el balanceo mientras cerraba los ojos y aspiraba aire mientras me corría deliciosamente, sintiendo ese bienestar y felicidad, pero sin dejar de pedalear ni un segundo.

Cogí  la botella y volví a beber, esta vez mucho más, había sudado muchísimo aunque esos últimos minutos habían sido con una dureza media. Seguramente eso había facilitado que lo consiguiera, pues el ritmo del pedaleo había aumentado haciendo que el roce contra el asiento fuese mayor y muy seguido.

Fuese cual fuese el motivo, me sentía genial, y ya casi era el momento de finalizar mis ejercicios. Poco a poco fui recuperando mis pulsaciones y mi respiración fue adquiriendo un ritmo relajado. Me puse de pie, estirando las piernas para que mis músculos se relajaran. Me temblaban bastante, más de lo normal, pero por eso mismo necesitaba un buen estiramiento. Abandoné la reproducción para no tentar a la suerte, y sintonicé una emisora no musical.

De repente, recordé al guapo de delante. Estaba en la colchoneta haciendo otros ejercicios. Qué pena, no coincidiríamos en los pasillos o en la taquilla, yo todavía necesitaba media hora más para hacer brazos y estiramientos… pero una vez sentada en el remo nuestras miradas volvieron a cruzarse. Yo divertida, él sonriente, le intenté transmitir mi gratitud por haber provocado mi pasión e imaginación con su erotismo y haber podido vivir unas sensaciones que jamás hubiera imaginado conseguir. Y seguramente, no pudo entender lo que mis ojos le contaban, probablemente de saberlo tampoco lo hubiera creído, pero algo debió leer en ellos, eso seguro, porque para empezar, me devolvió una amplia sonrisa que me mostró la perfección de su dentadura y lo bien dibujados que tenía sus labios carnosos. Así que empecé a remar fuertemente, reconstruyendo mi retrato robot con la nueva perspectiva que ahora tenía, y al acabarlo me zambullí en las últimas noticias del día y continué mi ejercicio como un día cualquiera más.

 

Foto en: https://etiquetanegra.com.pe/articulos/el-escultor-de-bicicletas

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